El hospital Moyano visto desde afuera.
El hospital Moyano, visto de afuera, parece una cárcel. Una pared altísima con manchas de humedad, ventanas enrejadas una al lado de la otra, vidrios rotos y un silencio que amenaza con ser interrumpido. Alrededor casi no hay casas. Las vías del tren de un lado, el Borda y los descampados del otro, dan la sensación de estar lejos de la ciudad, lejos de todo.
La entrada principal sobre la calle Brandsen da la bienvenida: “Hospital nacional neuro-psiquiátrico de mujeres”. Al lado de la puerta un cartel de la CTA se tambalea con el viento y dice: “Podran comprar la conciencia pero no podrán callar nuestras denuncias. No al cierre del Moyano”. Adentro, un hombre de pelo largo y anteojos negros (que parece salido de una fiesta de música electrónica) atiende la recepción. Después hay que atravesar el control de dos policías: un hombre y una mujer que se ríen entre ellos y no prestan mucha atención. Al fin, dentro del hospital. Desde la puerta, parece una plaza cualquiera, pero en vez de chicos, son casi todas ancianas.